Pleno extraordinario en conmemoración del CXLII aniversario de la constitución del municipio

Tal y como fue anunciado el discurso institucional lo ha pronunciado la escritora, autora y profesora linense Carmen Gil, Medalla de Oro al Mérito en la Educación en Andalucía 2011. En su discurso ha indicado lo siguiente:

 Buenos días a todos. Estoy encantada de estar hoy aquí con vosotros, celebrando el aniversario de La Línea. Bueno, encantada y confieso que también un poco nerviosa, porque los actos solemnes me intimidan y tengo una inclinación natural a poner el mundo en zapatillas.

En  mis encuentros con lectores estoy acostumbrada a tener una audiencia numerosa. Eso sí, me llega normalmente  por el codo, da botes en la silla y sonríe todo el rato. Es un público sincero y espontáneo. Aunque no creáis que fácil. ¡Nada más lejos! Es agradecido, pero implacable. Si le gusta lo ofreces, se entrega. Si no, te lo hace saber con creces. Hoy, si me lo permitís, voy a dirigirme a ese niño que dicen que todos llevamos dentro.

Últimamente los discursos son sombríos, están cargados de pesimismo y nos roban la ilusión. Me encantaría intentar, con el mío, arrancaros alguna sonrisa. ¡A ver si lo consigo!

Quiero empezar dando las gracias de corazón a quienes han pensado en mí para envolver este día con palabras. Palabras para todos los linenses, pero que me gustaría, si no os importa,  dedicar a mi madre. Ella me ha transmitido el cariño por esta tierra, el orgullo de pertenecer a ella y las ganas de pregonarlo por el mundo. “Que no se te olvide decir que eres de La Línea”, me pide siempre que se entera de que van a entrevistarme.


Ya sabéis que los enseñantes medimos el tiempo por cursos, y este ha sido muy especial para mí, ha sido un curso de distinciones inesperadas, de emociones intensas, de tocar las nubes con las puntas de los dedos… Y hace una semana, como la guinda que corona el pastel, me pidieron que fuera la encargada de hacer un vestido de palabras a La Línea para su fiesta de cumpleaños. ¡Qué deliciosa tarea! Durante estos días he tejido los hilos de colores de la memoria con entusiasmo y gratitud.  ¡Y es que el reconocimiento, cuando viene de tus paisanos, hace cosquillas por dentro!

Dicen que nadie es profeta en su tierra. Yo, afortunadamente, no lo siento así.  La Línea me ha hecho hermosos regalos.

Como ponerle mi nombre a una de sus bibliotecas, el lugar donde viven los libros: la Biblioteca “Carmen Gil”. ¡Qué bonito! Sin duda, soy una persona con suerte. No muchos tienen la posibilidad de gozar de este privilegio en vida. En Italia, por ejemplo, según me contaba hace poco Tonucci, el prestigioso pedagogo que tanto ha hecho por la educación pública,  existe una norma por la que no se puede poner el nombre de ningún personaje ilustre a un edificio hasta pasados cinco años de su muerte. Y todos sabemos que en España seguimos la funesta tradición de esperar a que alguien ya no esté con nosotros para hacerle los homenajes pertinentes. La Línea, sin embargo, ciudad moderna de mente abierta, se saltó la costumbre.

También percibo el afecto de los maestros. Raro es el año que no recibo varios mensajes pidiéndome que visite los coles. Y me consta que invitan a mis versos a alojarse cómodamente en sus aulas, y en las mochilas y la memoria de sus alumnos.

¡Y tengo la enorme satisfacción de poder disfrutar del cariño de los niños! Aunque claro, ellos, más que a mí,  quieren a mi jirafa Rafaela, a mi mona Simona o a mi fantasma con asma.

Me paso la vida de aquí para allá, de colegio en colegio y de biblioteca en biblioteca, con la maleta cargada de versos, y llevo siempre a La Línea de la mano.

Yo misma me sorprendo de lo presente que está mi ciudad en toda mi obra.


En La casa del Tejo, una de mis novelas juveniles, las protagonistas tapean en “la Bodeguiya”, con ye, y toman espetos de sardinas en un restaurante pintado de añil. En este mismo libro hay una canción, cantada por una banda de pop rock,  que expresa mi añoranza del mar y está dedicada a La Línea.


Mi casa quiero pintar

con los jirones de bruma

y la nacarada espuma

que traen las olas del mar.


Al llegar a tierra adentro,

busco el mar y no lo encuentro.


Voy recogiendo en manojos

mil plateados destellos.

Me llevo el mar en los ojos

y el azul en los cabellos.


Al llegar a tierra adentro,

busco el mar y no lo encuentro.


Guardo en mi cuerpo desnudo

del agua, las manos frías

y el cálido abrazo mudo

del viento al rayar el día.


Al llegar a tierra adentro,

busco el mar y no lo encuentro.


Y meto todas las notas

dentro de una caracola:

el susurro de las olas,

el grito de las gaviotas.


Y al llegar a tierra adentro,

busco el mar y no lo encuentro.

Otra de mis novelas juveniles, A la sombra de otro amor empieza así:

“Aquella mañana el viento de poniente, cálido y seco, soplaba en la bahía. Las gaviotas, como blancos velos de novia, revoloteaban alrededor de las barcas de pesca. Sus chillidos alborotaban el aire y lo vestían de fiesta. Los rayos de sol más luminosos que Julia había visto nunca se colaban por el ventanal de salón inundándolo todo, invadiendo cada rincón, acariciando cada cuadro, cada libro viejo, cada espejo…”. ¿Quién no reconoce aquí a La Línea?


También en mis poemarios infantiles se cuela La Línea entre los versos.

La caracola,

de carambola,

caracolea

con la marea.

De una cabriola

sube a una ola.

Baja deprisa,

le da la risa.

La caracola,

de carambola,

llega a la arena

para la cena.


Piratas berberiscos, como los que descubrían los vigías de la Torre Nueva en tiempos de Felipe  III, son sin duda los que parodio en una de mis canciones.


La abuelita bucanera,

cuando alguno se escantilla,

le da con la espumadera

o lo pasa por la quilla.

El grumete Dragut ─¡rayos!─

canta mientras limpia a bordo

y suelta tamaños gallos

que deja a cualquiera sordo.

El más temido de todos

es el loro -¡qué tormento!-,

pues charla hasta por los codos.

¡No se calla ni un momento!


En las entrevistas me preguntan a menudo por el ingenio y el humor de mis escritos. “Es el de mi tierra”, les contesto siempre.


     Y por si todo esto fuera poco, hace dos años destiné mis quince días de vacaciones a escribir un libro para los niños de La Línea, que el Centro de Profesores distribuyó por todos los colegios de la ciudad. Aventuras de un mono en La Línea trata de las peripecias de un mono de Gibraltar que se escapa del Peñón y visita los lugares más característicos del municipio: la Calle Real, la Playa de Levante, el mercado, el puerto, La Plaza Fariñas… Al final, da una fiesta en el Peñón a la que acuden todos sus nuevos amigos linenses. En ese último poema aparecen palabras como pavana, rolipó, quequi, yersi, yeli, carne combí, focona, infleita, mebli… Ni que decir tiene que el libro, entre otras cosas, intenta fomentar las buenas relaciones entre los dos pueblos vecinos.


Es que, aunque una esté escribiendo de un hada que estrena varita y todo lo encanta al revés, de un fantasma al que se le ha encogido la sábana y ahora asusta en minifalda o de un sapo que no quiere convertirse en príncipe por nada del mundo, no puede evitar plasmar en sus escritos aquello en lo que cree y aquello que ama. Yo creo en La Línea. Yo amo a La Línea.


¡Y cuánto se echa de menos cuando se está lejos! Se aprende a mirarla con ojos nuevos, y los posibles defectos se convierten en virtudes.

¿Os quejáis a menudo del viento? A mí, sin embargo, me da sensación de libertad. El viento que roba los sombreros, susurra canciones al oído de los niños y se cuela por las rendijas del corazón barriendo las malas intenciones.  Ese viento que determina la vida de la ciudad. Si hace poniente, se ponen lavadoras, se va a la peluquería o se sube al peñón a ver África. Si hace levante, el aire se llena de velos, las panaderías doran más el pan, el pelo se riza y las mentes se alborotan.

Hace tiempo, estuvieron unas amigas de visita, y después de pasar unos días aquí, comentaban asombradas: “En este pueblo nada más que se habla de vientos”. Y tenían su parte de razón. Cuántos de nosotros nos levantamos y lo primero que decimos es: “Ha saltado levante”. Levante, poniente, viento del moro, sur, levantichón, vendaval, viento del norte, calma chicha… Toda una ciencia que algunos no llegamos a dominar.

¿Os parece frío el mar? Yo, cuando me meto en otras aguas, las encuentro templaduchas y llego a casa con la sensación de no haberme bañado. Y es que no me cabe la menor duda de que los chapuzones aquí tienen propiedades terapéuticas: refrescan el cuerpo… ¡y las ideas!


Pero, sin duda, lo que más se añora de La Línea cuando se vive fuera es la alegría. La alegría que viste el día de fiesta y llena de color el mundo. Esa capacidad del linense de sacarle partido a la vida, de disfrutar de lo que le rodea.  La alegría que, sin duda, es la mejor arma para afrontar las adversidades y, en estos tiempos difíciles, conservar la fe en el porvenir.

Consigue cualquier cosa,

en menos de un segundo.

Arma tan poderosa

puede cambiar el mundo.

La alegría radiante

que vuelve ─ya lo ves─,

y sólo en un instante,

la vida del revés.


“Si la realidad es gris, la pongo verde”, decía Gloria Fuertes. Gloria podría haber sido linense.

Es que, cuando uno sale a la calle por las mañanas, con esta luz que se filtra a todos los resquicios de la mente, esta brisa que acaricia la cara y renueva los pensamientos, y este olor a mar que inunda los pulmones, es difícil no sonreír.

“Tú vives en un estado de euforia permanente”, me dijo una vez un amigo. Quizá de esto tengan un poco de culpa mis orígenes.


Y entre los signos de identidad de nuestro pueblo, yo destacaría también la modernidad. La Línea ha sido un lugar expuesto a las influencias, tanto del turismo que llegaba a la Costa del Sol, como de los ingleses que vivían en Gibraltar. Esa mezcla de culturas ha proporcionado un carácter receptivo, acorde con el tiempo actual y avanzado en sus costumbres.


Quiero invitaros a hacer conmigo un viaje al pasado. Trasladémonos juntos a aquellos tiempos en los que el ditero se paseaba de un lado a otro de la ciudad con su enorme libro, en el que anotaba los préstamos que la gente le iba pagando poco a poco. Quién le iba a decir que se convertiría en el antecedente del sistema de microcréditos, que tanto hace en la actualidad por los países en vías de desarrollo y por la gente sin recursos. Tiempos, también, en los que los aguadores, los hojalateros y los vendedores de hielo deambulaban por las calles. Por aquel entonces, mis abuelos maternos llegaron en la diligencia La Veloz, desde Águilas, en Murcia, por la orilla de la playa.


Años después, fueron mi abuela materna y mi padre los que arribaron en el barco de Algeciras para quedarse. Mi padre…, no he conocido linense más enamorado de la ciudad que este algecireño.


Pasamos por Los baños de Benedito, donde las señoras podían darse chapuzones de mar calientes, por la alpargatería Siete vidas y por los días de dolor de la guerra, en los que los linenses se refugiaban en Gibraltar. Mi madre me cuenta cómo le impresionó ver a una señora inválida en mecedora ser trasladada en andas.

 

 

Y llegamos hasta mi infancia, a la que me hace feliz llevaros con la palabra a pasar un día.

Yo vivía en la Avenida España, en un barco. Bueno, está bien, no era un barco. ¡Pero a mí me lo parecía cuando miraba el mar desde el balcón! Lo primero que veía al levantarme era el Peñón, vigilando como un gigante bondadoso, las gaviotas posadas en las farolas y la bahía sembrada de velas de colores.


Aquella mañana, me esperaba un exquisito desayuno: churros y papitas de la plaza. ¡En ningún lado los he probado como los nuestros! Crujientes, rellenos de un aire que debe venir del cielo, porque sabe a gloria.


Después, horas en la playa, empanada de arena como una croqueta, buscando viejas con las gafas de bucear y cangrejos entre las rocas. Mientras, mi hermano pescaba con pincho o escopeta. A menudo sacaba un pulpo y al llegar a casa le daba una paliza despiadada. ¡Yo miraba boquiabierta sin entender nada! Aquello constituía para mí uno de los misterios insondables de la vida.


Y si la mañana era de domingo, visita mágica a la librería Villar. ¡Cuánto me fascinaba aquel cordel, a modo de tendedero, lleno de pinzas de colores de las que colgaban cuentos troquelados! Eran los cuentos de Ferrándiz, que recuerdo con un cariño enorme porque fueron mi primer contacto con la lectura: Nora locutora, El urbano Román, Mariuca la castañera, La guitarra embrujada de Currito el Cantaor…  Bueno…, estos y los tebeos que leía en la sala infantil de la biblioteca de las traseras del Paseíto Chacón, a la que iba casi a diario.


Por la tarde, a las cuatro, matiné. El cine Cómico abarrotado de niños que chillaban en las escenas de miedo o aplaudían y silbaban en las de amor. Y al terminar la película, el merengue de Marieta. ¡Era como un trozo de nube!


Luego,  a la Plaza Fariñas. Los chavales llenábamos la plaza jugando a rescatar alrededor de las fuentes. O a los meblis, aquellas bolitas de cristal con el corazón de colores que tanto me embelesaba tocar y mirar.


Todavía se me llena la boca de azúcar cuando pienso en las chingas; en el hombre de los parís con  su ruleta mágica ─yo la giraba esperando emocionada que me tocaran dos barquillos en lugar de uno─;  ¡y en los helados de turrón de Monerris, que han hilvanado mi vida!


De vez en cuando, pertrechados con cantimploras, gorra y merienda, íbamos de excursión al Parque Forestal y nos sentíamos como exploradores atravesando la Amazonía. Se me viene a la memoria la imagen de  Alfonso, el guarda, siempre vestido de verde y con un bastón en la mano. Me llamaba Caperucita Roja. Y yo no sabía por qué.

Y cuando tocaba paseo al pantalán, el objetivo era llegar hasta la punta. ¡Qué satisfechos volvíamos si lo conseguíamos! Y traíamos los ojos llenos de mar y de luz… ¡Y de peces platinados que daban saltos en los cubos!


Una tarde a la semana, íbamos a la frontera a ver a mis tíos. Desde una verja a la otra, separados por metros de intolerancia, manteníamos conversaciones a gritos, y el “¿cómo estáis?” de una familia se cruzaba con el de otra. Eran los metros más largos que he conocido jamás. Para atravesarlos, había que navegar hasta Tánger, y de Tánger a Algeciras. Desde mi mirada de niña, aquello me parecía absurdo. Ahora, me lo sigue pareciendo.

Cuando venían a vernos, mis tíos llegaban cargados de caramelos de vivos colores que me deslumbraban: supositorios, gominolas, cilindros de color rosa chillón rellenos de liquirbá… Yo me imaginaba que Gibraltar debía de ser un país encantado, rebosante de duendes diminutos que fabricaban chuches todo el rato.

Y si la tarde era de sábado de Feria, vestida con mi mejor gala, el traje de piqué amarillo con nidos de abeja que me bordó mi madre, iba a ver la cabalgata. ¡Qué poder de encantamiento ejercía sobre mí! Las luces, el colorido, la lluvia de caramelos… Y la legión, con cabra y todo, que cerraba el desfile de carrozas. ¡¿Cómo podían caminar tan deprisa?! Y sin tropezarse ni una sola vez. No se me olvida el año en que la carroza de Confecciones Gibraltar tiraba prendas de ropa y yo cogí un pantalón corto. ¡Lo contenta que volví a casa!


Por el presente quiero pasar de puntillas, porque todos lo vivimos. Es un presente cuajado de problemas, pero también lleno de gente en las terrazas, de bullicio en las calles y esperanza en los corazones.

Un presente en el que La Línea no sólo despunta en cante y en baile. No hay campo del saber, en el que, buceando un poco,  no nos topemos con un linense destacado.


Si hacemos una incursión en la oceanografía, por ejemplo,  y nos interesamos por la Antártida, no tardamos en tropezar con un biólogo marino linense, catedrático de la universidad de Sevilla, que recibió en Génova hace poco el premio Tridente de Oro concedido por la Academia Internacional de Ciencias y Técnicas Subacuáticas.

Si queremos leer un buen tratado de sociología, llegará a nuestras manos el de otro linense,  eminente sociólogo, presidente del Instituto de España.

Y si visitamos el Ministerio de Industria en Madrid, en primera línea de proyectos punteros, como fue la implantación en toda España de la  Televisión Digital Terrestre,  ha estado y está un jovencísimo y prometedor ingeniero linense, que además recibió una beca del Programa  Fulbright, el más prestigioso del mundo. Tanto que es el programa académico en el que más alumnos han ganado el Premio Nobel.


¿Y el futuro? Bueno… Yo veo una Línea con casas de colores vistosos, siguiendo una tendencia que está teniendo la población, que da singularidad y atractivo a la ciudad y es un reflejo espontáneo de su personalidad.

Una Línea ciudad  de las bicicletas. Con su clima suave y su ausencia de cuestas,  ¿hay mejor lugar para desplazarse sobre dos ruedas?

Una Línea con campamentos de inmersión lingüística, en absoluta simbiosis con su ciudad vecina.

Una Línea próspera y turística, transformada en refugio frente a las altas temperaturas.

Una Línea con centros cívicos y asociaciones de vecinos fuertes,  debidamente apoyadas y con parte muy activa en la gestión ciudadana.

Una Línea   especialmente preocupada por la educación como inversión de futuro, con una red de bibliotecas que lleve la cultura a las barriadas, especialmente a las más desfavorecidas,  y, con ella, la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos. Entre las paredes de estas bibliotecas,  futuros escritores, científicos, periodistas, artistas, médicos…  linenses soñarán con mejorar el mundo…

Y veo, también una Línea con la Biblioteca Infantil abierta y llena de niños concentrados en sus lecturas; ocupada con visitas de autores o actividades de animación; con un ir y venir de pequeños lectores cargados de libros colmando  sus alrededores de vida; con escuelas esperando turno para visitarla; con un bibliotecario entusiasmado recibiendo a todo el que busque consejo; con los mejores títulos de literatura infantil viviendo en las baldas de sus estanterías… Y por supuesto, con mi apoyo y colaboración constantes.

Muchos de vosotros conocéis mi lucha por que la Biblioteca Infantil que lleva mi nombre vuelva a funcionar. En ella sigo, con la fuerza de quien no se mueve en nombre propio, sino en el de los niños y niñas de La Línea de la Concepción.

No quiero entreteneros más, que hace un día precioso y con este sol y estas playas no hay quien compita. Y para que os acompañen en esta mañana luminosa, me gustaría despedirme con unos versos que hablan del mar, de nuestro mar, del mar de La Línea de la Concepción:

Va la mar desmelenada,

con la espuma alborotada,

llena de rizos y risa

y encajes en la camisa.

Contento le canta el viento

dos fandanguillos y un tiento;

y mueve más de una ola

su blanca bata de cola.


Le hace cosquillas el agua,

por debajo de la enagua,

a la arena remojada,

que bebe el agua salada.

La luna, ea que ea,

va acunando a la marea,

que duerme con risa y brisa

y con plata en la camisa.

 

 

Muchas gracias a todos y ¡FELIZ CUMPLEAÑOS!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.
Necesita estar de acuerdo con los términos para continuar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Menú